Milagros Sosa
Escribe en Diario de Calistenia
Sobre
Tengo 34 años y dibujo para vivir en Cusco, en el barrio de San Blas. El único espacio de entrenamiento que tengo es un rincón despejado de metro y medio por dos metros entre la mesa de dibujo y la pared, con el piso de madera oscura lleno de manchas viejas de acuarela y una ventana que da a un muro de adobe rosado sin calefacción.
Todo empezó una tarde, hace unos dos años, cuando intenté bajar en una flexión y no conseguí completar ni una limpia. Me quedé mirando el piso un buen rato antes de decidir que aquello merecía apuntes en vez de vergüenza, y así nació la costumbre de anotar cada sesión.
Entreno en casa y, cuando el frío de la madrugada lo permite, en un parque cercano donde coincido con Adolfo, que llega antes que nadie a hacer tai chi junto al árbol grande y nunca dice una palabra, solo asiente con la cabeza cuando termino una serie. Las mañanas de invierno bajan hasta los 5 °C antes de que salga el sol, y el aire frío y seco pica la garganta en el primer minuto de calentamiento; hay semanas en las que ese frío casi gana y me quedo bajo la cobija en vez de salir.
Nadie me formó para esto. Aprendo probando, corrigiendo cuando algo duele donde no debería y anotando qué progresión entra de verdad en la rutina y cuál se queda solo en la intención. Lo que escribo en la mesa de la cocina es mío antes de ser de cualquier lector: primero registro la semana, después decido si vale la pena publicarla.
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Aviso
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